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Factores como la intensidad, la temperatura y el color moldean nuestra percepción de la realidad.

La mente humana nunca deja de sorprender. Cada vez son más los estudios que señalan la iluminación como un agente modificador del estado de ánimo. La neurociencia señala desde hace décadas que su intensidad, temperatura y color son capaces de moldear nuestra percepción del mundo. Si bien la personalidad y el estilo de vida juegan un papel relevante, las variaciones de la luz también tienen un peso muy específico en la intensidad de las emociones positivas y negativas. Ello explicaría, por ejemplo, que durante las estaciones con una mayor cantidad horas de sol al día nos sintamos más activos que en otoño e invierno, cuando se disparan los casos de trastorno afectivo estacional.

Si bien la mayoría de análisis científicos se han centrado en los efectos de la luz natural, otros han evidenciado que estas conclusiones también pueden aplicarse a espacios con fuentes de iluminación artificiales. Por eso, dicha correlación se tiene muy en cuenta a la hora de planificar espacios y elegir las lámparas que más beneficiarán a quienes los recorren o habitan.

Una aplicación práctica se da en los hospitales y centros de atención sanitaria, donde cada vez se tiene más en cuenta para mejorar el bienestar de los pacientes y reducir la ansiedad relacionada con dicho entorno. En el ámbito de los negocios se utiliza de manera consciente para destacar las bondades de los productos y hacer que el cliente desee comprarlos; y si nos trasladamos al ámbito hostelero, el objetivo será dotar al complejo de una apariencia cálida y acogedora, o moderna y lujosa.

En los lugares de trabajo también se puede apreciar la gran importancia de una adecuada iluminación. Casi siempre es blanca (unos 6.500 grados Kelvin) o neutra, cercana a la temperatura de color de la luz natural (5.000 grados Kelvin), y por lo general intensa. Estos tonos inducen a la concentración en el objeto de estudio, mientras los cálidos (3.500 Kelvin) tratan de evitarse porque favorecen la dispersión.

¿Has pensado alguna vez en lo que hacemos de forma inconsciente cuando queremos relajarnos por la noche? Solemos apagar la luz general, en favor de otras más indirectas y tenues que favorecen el descanso tras un día de actividad intensa.

A la hora de planificar la iluminación de un espacio también se ha de vigilar la generación de claroscuros. Un contraste lumínico demasiado notorio activa las alarmas de nuestro cerebro, generando sensaciones de pánico e inseguridad aunque no haya peligros al acecho. Por ello es importante guardar cierto equilibrio en la colocación de las lámparas para no dejar espacios ciegos.

En definitiva, es importante que reflexiones antes de comprar una lámpara o bombilla concreta para tu hogar o centro de trabajo, ya que a la larga tendrá un impacto emocional en ti y quienes lo frecuenten. Te recomendamos que te coloques frente a ese espacio y lo visualices de diferentes maneras, pensando en la intensidad, el color y la distribución que más te agraden. Y ten en cuenta, por supuesto, que sea compatible con el resto de elementos de la estancia.

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