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Las piezas de Tiffany & Co. son desde mediados del siglo XIX un símbolo de lujo, distinción y buen gusto. Lo que muchos desconocen aún es que su producción va más allá de la alta joyería.

Quien más, quien menos recuerda la imagen de una joven y anhelante Holly Golightly (Audrey Hepburn) comiendo frente al escaparate de un establecimiento Tiffany & Co. Esta escena de Desayuno con diamantes (1961, Blake Edwards) representa lo que muchas chicas casaderas de clase media-alta han deseado alguna vez con todas sus fuerzas: recibir una cajita de color azul turquesa con un bonito anillo de compromiso en su interior.

Y es que las piezas de Charles Lewis Tiffany son desde mediados del siglo XIX un símbolo de lujo, distinción y buen gusto. Muestra de ello es que incluso el presidente Abraham Lincoln adquirió un collar de perlas de la casa para su esposa, Mary Todd. Lo que muchos desconocen aún de Tiffany & Co. es que su producción va más allá de la alta joyería. El éxito de la empresa pasó por fabricar armas y medallas durante la Guerra de Secesión, y también contó desde 1885 hasta 1920 con una división de trabajo sobre cristal. Esta partió de la invención de las lámparas Tiffany a raíz de un afortunado encuentro entre Thomas Alba Edison y Louis Comfort Tiffany, hijo del fundador.

Louis amaba la cristalería, era pasional y soñador. Pronto se convirtió en un renombrado diseñador de interiores. Tal era su fama que decidieron contratarlo para la decoración del Liceo de Broadway. Allí coincidió con Edison, encargado de la iluminación, y se dice que observando las bombillas eléctricas al descubierto pudo haber ideado el diseño de las lámparas Tiffany. Un año más tarde fundaría la Tiffany Glass Company, en cuyo taller buscó regresar al trabajo artesanal para fusionarlo con las nuevas corrientes estéticas.

Clara Driscoll

Foto cedida a la New York Historical Society por Linda D. Alexander y David Fenn.

Las lámparas se caracterizaron por ser vidrieras en miniatura sostenidas por bases metálicas, cuyos cristales eran unidos uno tras otro a mano por su equipo. Lo mágico de estos diseños es que al encender la luz, los colores se reflejan en las paredes y ofrecen una visión tan curiosa como fascinante. Aunque el diseño de los modelos se atribuye al propio Comfort y un equipo de maestros artesanos totalmente masculinizado, lo cierto es que gran parte de ellos (Wisteria, Dragonfly, Poppy…) fueron realizados por las “chicas Tiffany” de la maestra Clara Driscoll. Esta información permaneció oculta al mundo hasta la exposición A new light on Tiffany, organizada en 2007 gracias a las pesquisas de la New York Historical Society.

La popularidad de las lámparas Tiffany decayó a partir de la muerte de Louis Comfort, en 1993, coincidiendo con un cambio en los gustos artísticos de la época. Habría que esperar hasta los años 60 para verlas otra vez de moda, ya en manos de coleccionistas privados y museos. Desde entonces se multiplicaron las imitaciones para bolsillos más limitados, dando lugar a preciosos homenajes que costaría distinguir de los originales. También existen reproducciones exactas cuyo precio oscila entre los 500 y los 5.000 dólares, y otras colecciones originales lanzados por la marca recientemente.

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